LAS BRAGUITAS OLVIDADAS

(Continuación)

 

Necesitaba olvidarme de aquellas braguitas 

olvidadas en la azotea del bloque donde vivo.

Desde que las vi allí tendidas, solitarias e indefensas, 

quedé conmovido.

 

Tres días sin poder conciliar el sueño pensando en ellas, 

en cómo, pobrecitas, debían estar pasándolo.

Su dueño las abandonó y de ellas no quiso saber nada más. 

¿Cómo es posible tamaña iniquidad?

 

Juro que intenté subir a la azotea 

a ver si seguían allí, pero me contuve. 

No quería sufrir... 

al comprobar que pudieran seguir abandonadas.

 

Pero esta tarde me envalentoné, y en un arranque, 

tras un combate conmigo mismo, en el que perdí, 

subí de nuevo a ver si aún seguían colgadas del alambre, 

aprisionadas por aquella pinza muda.

 

Sí, allí estaban todavía... Confieso que me conmoví al verlas. 

Esperaba, más bien deseaba, que su dueño las hubiera salvado 

de ese cruel tormento de yacer solitas en medio de la azotea 

con el cielo raso por techo y las estrellas por toda compañía.

 

Entonces las miré con cariño, como cuando se mira a un cachorrito, 

y... sí, hice lo peor que podía hacer, les puse nombre: Rosita.

Ya sé que es lo peor que podía hacer, ponerles nombre, 

pero es que ya no puedo quitármelas de mi cabeza ni de mi corazón.

 

Estoy pensando en descolgarlas de una vez, y en su lugar 

dejar un letrero, cogido con esa pinza muda y estúpida, 

que diga que las tengo yo, que si alguien las echa de menos, 

que aún las puede recuperar. Pero que no tarde, 

porque si pasan unos días más, ya no podría separarme de ellas, 

porque eso me partiría el corazón.

 

Rosita, no estarás solita mucho más...

Si mañana nadie viene a buscarte, 

en mi casa tendrás tu hogar.

 

* * *

Fernando Cravioto

20/09/2017

 


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